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La innovación y el futuro de Chile

El Mercurio

José Miguel Piquer
Universidad de Chile

El año 2005 asistí a una charla que planteaba que Chile había llegado al límite de su desarrollo basado en los recursos naturales, que los últimos 15 años Chile había duplicado su PIB per cápita en dólares PPP, y que necesitábamos dar ese paso nuevamente para alcanzar el desarrollo. El desafío era duplicar el PIB per cápita al 2020 y, de esta forma, alcanzar a los países que van a la cola del grupo desarrollado, como Corea del Sur, España y Nueva Zelandia. La única forma de lograr esto, se planteaba, era modificar radicalmente nuestro sistema productivo para que los recursos naturales no fueran nuestra única base de desarrollo y pasáramos a una economía más moderna basada en el valor agregado, en la innovación y el conocimiento.

En realidad este discurso venía de mucho antes, pero siento que ese año ganó credibilidad masiva, la sociedad entera comenzó a repetir la palabra innovación y se crearon muchos fondos de apoyo a la innovación en el sector público, liderados por la CORFO, pero seguidos de cerca por varios concursos públicos del gobierno. En todo este tiempo, hemos ejecutado muchos fondos, hemos gastado millones de dólares, hemos formado capital humano, hemos financiado productos y servicios, transferencia desde las universidades, patentes, incubadoras y aceleradoras de negocios y, finalmente, centros de excelencia internacionales que se han instalado en Chile con un fuerte apoyo estatal. Yo, en lo personal, trabajé desde la academia fuertemente en este esfuerzo: lideré una incubadora de empresas universitaria (AccessNova), co-dirigí un centro de cooperación con Corea del Sur (ITCC) y dirigí el esfuerzo para crear Inria Chile, uno de los centros de excelencia internacionales que operan en el país.

¿Qué podemos mostrar 10 años después? ¿Lograremos la meta de duplicar el PIB per cápita al 2020?

Como pasa mucho en Chile, es muy probable que logremos la meta del PIB per cápita (al 2014 estamos justo donde deberíamos) pero sin haber hecho nada de lo que se suponía que teníamos que hacer. Al final, siguiendo exactamente el mismo camino de siempre, vamos a duplicar nuestro PIB per cápita otra vez. Claro que tuvimos suerte, se nos vino el super-ciclo de los “commodities”, y es difícil saber qué hubiera pasado en otro escenario. Ahora que el ciclo terminó, volvemos al punto de partida.

Si leemos el informe de la Comisión Presidencial Ciencia para el Desarrollo, elaborado este año 2015, vemos claramente que el diagnóstico sigue siendo el mismo que hace 10 años y, me temo, las propuestas también son las mismas.

No me opongo a reforzar la inversión en investigación y en capacidad científica en general, es un buena idea y probablemente rinda frutos en el largo plazo. Pero estoy convencido que eso no basta. Chile ha mejorado su capacidad científica enormemente en los últimos 30 años, yo ingresé a trabajar de profesor jornada completa a una Universidad de Chile que no se parece en nada a la Universidad que dejé un par de años atrás. Sin embargo, no sólo no estamos más cerca de transferir conocimiento e investigación al área productiva, sino que estamos aún más lejos.

Hace 20 años atrás, en el Departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Chile, estábamos conectando Chile a Internet, estábamos haciendo el recuento de las mesas de votación para el Ministerio del Interior, estábamos apoyando al Registro Civil en la construcción de su red nacional y su Base de Datos central. A la vez, asesoramos a varias empresas privadas en su estrategia Internet y en el uso de herramientas de código abierto.

Si miramos el panorama hoy, el Departamento maneja varios proyectos científicos importantes, pero casi ningún proyecto de transferencia, ni con el gobierno ni con la industria nacional. A cambio, nuestro grupo de profesores ha pasado de ser un puñado de chicos entusiastas a un sólido conjunto de promesas y estrellas internacionales.

Es curioso que esto ocurra junto con una relevancia cada vez mayor del área (Tecnologías de Información y Comunicaciones) en la sociedad toda. Mi impresión es que mientras más seria y de clase mundial es la investigación que se realiza en Chile, más lejos se está de la industria y de las necesidades nacionales. Hoy en Chile no existe demanda real del sector productivo por Investigación y Desarrollo. Nadie pide que le resuelvan problemas que están en la frontera del conocimiento. Seguir financiando una oferta de calidad cada vez mejor, cuando no existe ninguna demanda, no nos lleva a que ocurra una transferencia real.

Por otro lado, es obviamente bueno para el país que la ciencia se desarrolle y sea de nivel mundial. Se forma un capital humano de exportación, profesionales de alto nivel, y a largo plazo permite estar mejor preparados para dar estos pasos hacia el nuevo desarrollo de la innovación.

Pero el verdadero problema no está en la academia ni en los centros de investigación. Es verdad que los profesores no quieren ensuciarse las manos ni trabajar con las empresas ni con el gobierno, pero si existiera una demanda real, con capacidad de inversión y con problemas de clase mundial, habría un buen grupo de investigadores que estarían felices de ayudar. En el papel, se ve bien decir que vamos a financiar investigación empujada por la demanda. El problema es que esa demanda no existe.

Lo que nos falta generar en Chile es una demanda real por Investigación y Desarrollo. Y eso quiere decir, de nivel mundial, con problemas que no están resueltos aún. Lo que las empresas chilenas llaman Investigación y Desarrollo es tratar de hacer una versión más barata de un sistema que ya existe en el mundo desarrollado. Lo que se necesita son problemas difíciles, con mucho financiamiento para que resulten importantes para ambas partes: para los investigadores y para la empresa.

El modelo original era confiar en que los “clusters” productivos, donde Chile era lider mundial, iban a generar esa demanda, ya que esa industria debía estar enfrentando problemas que nadie más en el mundo había resuelto y debían tener los recursos necesarios para invertir en su solución. Por alguna razón, esto no nos ha funcionado bien. La industria tradicional chilena es terriblemente conservadora, cauta y le tiene aversión al riesgo.

Una propuesta en la que creo más es en apostar más bien a pequeños emprendimientos de jóvenes innovadores y yo me focalizaría mucho en las escuelas de ingeniería (y tal vez algunas otras), donde generaría fuertes incentivos para que los chicos se titulen creando sus propias empresas, desarrollando sus ideas y sus servicios, en entornos tipo incubadoras o aceleradoras que viven dentro de la misma escuela. Desgraciadamente esto ya lo hicimos en el año 2000 y fracasamos. Pero creo que no era el entorno correcto y que generamos expectativas absurdas como que estas incubadoras iban a ser auto-sustentables en unos tres años, cuando usualmente requieren un subsidio casi permanente. Lo malo es que en Chile no perdonamos los fracasos y nadie quiere re-intentarlo.

Otra buena idea es traer a Chile empresas innovadoras que requieran Investigación y Desarrollo y generen su propia demanda. Creo que Startup Chile ha sido un buen paso en esa dirección.

Y, finalmente, creo que el gobierno podría intentar generar su propia demanda de Investigación y Desarrollo. En el pasado, muchas innovaciones fueron promovidas desde el gobierno con mucho éxito. Y el gobierno tiene muchos problemas de nivel mundial donde ya hay investigadores disponibles para ayudar: energía, medio ambiente, delincuencia, conectividad, salud, etc.

Si no generamos una verdadera demanda por la Investigación y Desarrollo en Chile, seguiremos teniendo una academia aislada y desperdiciada, feliz en su torre de marfil.

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