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La escuela por estos días: cuando se derriban nuestras creencias

Roberto Bravo González, director del Colegio Inglés de Talca

Mientras las escuelas y comunidades escolares navegan en días de incertidumbre y cansancio propio de largas y extenuantes jornadas, las cuales han exigido modificar prácticas, tanto pedagógicas como directivas, una pregunta poderosísima se vislumbra en el horizonte educacional: ¿y sobre nuestras creencias instaladas qué?

Las creencias afianzadas sobre lo que entendemos por una educación de calidad se sostienen – en muchos casos – por la costumbre e inercia propia de los procesos que se dan dentro de una escuela. Cada año, profesores y directivos, nos vemos haciendo exactamente lo mismo que el año anterior, porque es lo que conocemos, es lo que hemos venido haciendo y, para nuestros ojos, es lo que nos ha dado resultado según nuestros estándares. Quizás, es por todo esto, que resulta tan difícil introducir cambios en cuanto a procesos de innovación y nuevas formas de enseñanza al interior de un centro educativo. ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? Tal vez, porque lo que hemos hecho por mucho tiempo nos brinda esa sensación de tranquilidad, aquella que nos permite expresar con una seguridad muchas veces inobjetable: “para qué hacer otra cosa, si lo que estamos haciendo nos da resultado”.

El Covid-19 ha permitido vislumbrar diversas materias en educación. Por un lado, visualizar brechas existentes entre las distintas dependencias que – lamentablemente – siguen creciendo. También, cómo ha sido necesario recurrir a nuevas formas de liderazgo para poder acompañar, tanto a los procesos de aprendizaje como a nuestras comunidades a distancia.  Pero, una de las cosas más sustanciales que esta pandemia nos ha permitido, sólo si somos capaces de agudizar nuestra mirada, es contar con la oportunidad de poner en duda nuestras creencias instaladas y enquistadas sobre aquello que creíamos incuestionable o, al menos, estar dispuestos a debatirlas.

¿Ha cambiado algo en estos tres meses?

 Un discurso muy bien instalado o al menos común en algunas de nuestras salas de profesores, dice relación con la necesidad de calificar a los estudiantes para que estos últimos trabajen. Al parecer, la experiencia práctica nos avala y entrega sólidos argumentos para afirmar que, cuando algo no conlleva nota, la respuesta que se obtiene por parte de los alumnos carece de seriedad, compromiso y genuino interés. Afortunadamente, aquellos que comienzan a afinar su mirada, ven cómo esta creencia se cae a pedazos y, junto a ella, otras que se encontraban incrustadas en lo más profundo de nuestro quehacer rutinario.

Por más de tres meses nuestros estudiantes se han estado educando desde sus hogares, avanzando, investigando y desarrollando desafiantes tareas educativas enviadas por sus escuelas, ya sea mediante formatos sincrónicos o asincrónicos, sin la necesidad de una calificación como detonante, toda vez que el Ministerio de Educación ha sugerido evaluar formativamente los procesos de enseñanza y aprendizaje. Entonces, ¿alguien podría decir que por más de 90 días los más de 3,5 millones de estudiantes de nuestro país han estado sin hacer nada?  Desde luego que no.

Por primera vez y, después de mucho tiempo, los estudiantes, sus familias y nosotros, los educadores, nos percatamos de una realidad que vale la pena atender: la operación lineal reinante hasta antes de la suspensión de clases, aquella que consideraba a la calificación como unas de las pocas estrategias para lograr trabajo concientizado, ha dejado de tener sentido. Se han resquebrajado los pilares que han sostenido nuestras más profundas concepciones y certezas sobre cómo debíamos encarar los procesos de evaluación y trabajo en sala.

Lo que antes era inconcebible, como el hecho de avanzar tres meses sin poner ni una sola nota, hoy ya no nos parece descabellado en lo absoluto. Hemos aprendido que, si se diseñan tareas educativas desafiantes, innovadoras y contextualizadas, ciertamente es posible captar el interés auténtico de nuestros estudiantes, posibilitando su avance como no lo hubiésemos imaginado”.

Lo que antes era inconcebible, como el hecho de avanzar tres meses sin poner ni una sola nota, hoy ya no nos parece descabellado en lo absoluto. Hemos aprendido que, si se diseñan tareas educativas desafiantes, innovadoras y contextualizadas, ciertamente es posible captar el interés auténtico de nuestros estudiantes, posibilitando su avance como no lo hubiésemos imaginado. Pensemos por un segundo en la cantidad de niños y niñas que probablemente han visto como su autoestima ha aumentado, producto de que hoy son evaluados formativamente sin la presión de la nota. O como muchos han descubierto otros talentos debido a las nuevas actividades que se les han encomendado desde su escuela, en situación que en contextos de “normalidad” no habría sido posible.

Cuando conseguimos bajarnos de la lógica de avanzar sin parar, evitando reducir la experiencia escolar a un círculo interminable de memorización mecánica para luego calificar, seremos capaces de ver las oportunidades que están sucediendo por estos días en cada escuela, permitiéndonos dar un paso atrás, mirar en perspectiva para reescribir lo que entendemos por educar y formar nuestro ideario más profundo.

La pandemia nos ha golpeado duro, no cabe duda de aquello. Y la bofetada más fuerte en educación ha sido el darse cuenta de que lo que antes tenía sentido, hoy ya no lo tiene más. Pero como en todo orden de cosas, esta crisis pasará y con ello la suspensión de clases. Pero si al regresar a nuestras aulas, volvemos a hacer exactamente lo mismo, a pesar de haber vivenciado y avanzado hacia prácticas concretas basadas en nuevas creencias, no sólo habremos dejado pasar una oportunidad única para construir un nuevo relato, sino que no habremos aprendido nada.

Gabriela Mistral planteaba que el futuro de los niños siempre es hoy, ya que mañana será tarde. Nuestros estudiantes están listos, la pregunta cómo educadores es: ¿lo estamos nosotros?

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