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El arte de fallar y el valor de la experimentación

Carlos Osorio
Director de Máster de
Innovación de la UAI

Chile es un país que busca la innovación, pero sigue castigando el fracaso, el error y la falla. Por años, poco se había avanzado más allá de decir que debíamos «tolerar la falla», confundiéndola muchas veces con error e incluso con fracaso.

La innovación es incierta, riesgosa, y para hacerla bien hay que fallar mucho, cometer pocos errores y, ojalá, no fracasar. Por primera vez hace algo al respecto: Corfo lanzó las primeras líneas de financiamiento para apoyar a equipos de innovación para fallar mediante el desarrollo de prototipos y experimentos. ¿Por qué fallar? ¿Por qué esta política es tan relevante? ¿De qué fuentes de financiamiento se dispone? ¿Cómo hacerlo bien? De eso se trata en esta columna.


¿Por qué fallar? En 1969 Herbert Simon escribió “La Ciencia de lo Artificial”, donde detallaba las bases para el diseño de sistemas hechos por el hombre. Ese libro, que sienta parte importante de las bases del manoseado “Design Thinking” ha sido pivotal para entender el valor de la experimentación y la falla en el desarrollo de innovaciones. Simon decía que, en términos simples, cualquier equipo enfrentado a crear algo nuevo tenía tres tareas. Primero, conocer el estado actual del grupo social o mercado donde deseaba realizar un cambio. Segundo, llegar a conocer el estado deseado de ese grupo social y, tercero, cerrar esa brecha.

Esto, que parece simple, es sumamente complicado por varias razones. Primero, existen varios sesgos que impiden a miembros de un equipo entender lo que ven y escuchan, afectando su percepción de la realidad. Segundo, las personas no pueden verbalizar la gran mayoría de las razones para sus acciones y deseos. Nada más que la combinación de estas razones hace que equipos de desarrollo deban seguir lo que Simon llamaba un camino de “búsqueda selectiva” donde se combina la racionalidad con toma de decisiones bajo incertidumbre. Además, se suma una tercera complicación: la única manera de cerrar la brecha entre el estado actual y el deseado es mediante el desarrollo de versiones de baja resolución que sirvan para poner a prueba si el camino de solución que sigue un equipo es el correcto. En otras palabras, no hay manera de encontrar la mejor solución sin experimentar.

Años más tarde, Philip Anderson de INSEAD y Michael Tushman de HBS, en ese tiempo en Cornell y Columbia, descubrían que luego de discontinuidades tecnológicas importantes, la experimentación en diseños alternativos a nivel de industrias llegaba a niveles altísimos para descubrir el mejor diseño. Esto seguía hasta la llegada de un “diseño dominante”, luego de lo cual el objetivo de los equipos de innovación se focalizaba en descubrir la mejor manera de producir. Todo esta búsqueda se generaba mediante experimentación, y la única señal que se tiene para saber si un equipo va por el camino correcto es, paradójicamente, la falla.

¿Por qué esta nueva política pública es tan relevante? La respuesta a esta altura es medio obvia. Luego de vivir décadas inmersos en una cultura donde la falla es sinónimo de incompetencia, fracaso y hacer mal las cosas, la iniciativa de CORFO es la primera acción concreta a nivel del Estado que reconoce la falla como motor de la innovación. Hace unos años, datos de éxitos y fracasos en innovación entre las empresas más innovadoras de España mostraban que, en promedio, la inversión para un éxito era estadísticamente la misma que para un fracaso. En Chile, sin embargo, un fracaso era dos veces más caro que un éxito. ¿Por qué? Principalmente porque el equipo que se enfrentaba al fracaso sentía la presión por “salvarlo”, por lo que invertía más tiempo y recursos que lo necesario en tratar de salvar un proyecto que estaba mucho más allá de su punto de no retorno.

Los fondos de financiamiento de prototipos de CORFO no sólo vienen a corregir esto, sino que dan una señal importante: un equipo debe invertir tiempo y recursos en explorar distintos espacios de diseño, probar distintas hipótesis y poner a prueba supuestos. Si no lo hace, mejor ni se acerque a pedir financiamiento público para innovación. Hoy se sabe mucho acerca de cómo hacer bien innovación, y de cómo hacer mal innovación. Desde la perspectiva de eficiencia en uso de recursos fiscales, la decisión que se tomó de financiar prototipos de manera escalonada, me parece la mejor.

¿Cómo aprender mediante falla? La falla es el resultado de poner a prueba una hipótesis o supuesto, y resultan de realizar experimentos. Los experimentos son procedimientos que, en el caso de innovación, combinan la planificación de las hipótesis y supuestos que se desea poner a prueba, el diseño del prototipo que se utilizará para hacerlo, las pruebas que se llevarán a cabo con ese prototipo, cómo se recogerá información y cómo se analizará esos resultados.

Un prototipo es cualquier tipo de representación, mediante cualquier medio físico y/o virtual, que sirve para comunicar, entender y/o explorar lo que podría significar interactuar en una experiencia, medio o ambiente en particular.

Para proyectos de innovación existe al menos tres grandes tipos de prototipos. Aquellos de bajísimo nivel de funcionalidad y resolución, llamados maquetas, mockups, o prototipos de “inspiración”. Los prototipos de inspiración tienden a ser muy baratos, algunos de costo inferior a $50,000, focalizados en la experiencia integrada de lo que puede significar resolver un problema, y de fácil y rápido diseño. Por su bajo costo y rapidez, generalmente se utilizan para explorar distintos espacios de diseño, y conceptos de solución. Llega el momento cuando los de inspiración ya no sirven, y se necesita prototipos de mayor funcionalidad y resolución.

Ahí pasamos a prototipos de evolución. Son un poco más sofisticados, ayudan a explorar los distintos caminos que puede tomar el proyecto, sobretodo aumentando su funcionalidad y resolución. Son más caros que los prototipos de inspiración, por lo general requieren la ayuda de un experto, y están orientados a poner a prueba hipótesis y supuestos de operación. Por lo mismo, muchas veces se focalizan en partes de un prototipo. Dependiendo del tipo de proyecto, se realizan decenas o cientos de este tipo de prototipos hasta el punto donde se requiere integrar los avances de cada subsistema o parte, en lo que conocemos como prototipos integrados o de validación.

Los prototipos de validación son de alta resolución y funcionalidad total, de alto valor de inversión y sofisticación. Por lo general, por su costo y tiempo de desarrollo, se llevan a cabo entre tres y cinco. Sirven para aprender y realizar las últimos refinamiento antes de empaquetar y escalar.

Cada tipo diferente de prototipo se usa para avanzar en el camino de búsqueda selectiva mediante experimentación. El resultado buscado debe ser identificar la mayor cantidad posible de fallas, lo más temprano, rápido, seguido y barato posible, e ir avanzando en prototipos más caros a medida que se va resolviendo las fuentes de las fallas y se va aprendiendo.

Es en torno a esto que CORFO ha generado las líneas de financiamiento.

¿De qué fuentes de financiamiento se dispone? Existen básicamente tres. Primero están los vouchers de innovación de hasta $7 millones (hasta el 90% en el caso de pequeñas empresas, y hasta 50% en el caso de gran empresa) sirven para prototipos de inspiración, y que lo hagan con terceros que sepan como experimentar. El objetivo es prototipar y colaborar. Es bueno recordar que menos del 1% de las empresas que hace algo de innovación, colabora con otro.

Luego viene la línea de prototipos de evolución, que se orientan a financiar desde desarrollo de conceptos, que por ejemplo podrían resultar de la línea anterior, hasta prototipos de mediana resolución (en jerga CORFO llamados de mínima escala). El monto de financiamiento es de hasta $60 millones, donde el monto de cofinanciamiento depende del tamaño de la empresa (50%, 60% y 70% para grande, mediana y pequeña empresa).

Finalmente está la línea de validación y empaquetamiento, que confinancia hasta $200 millones, en las mismas proporciones que en el caso anterior.
Como país estamos en un camino hacia un modelo en que nuestros ingresos vengan de nuevas fuentes de valor. Para esto tenemos que tener claro, que el camino más corto a innovaciones atraviesa un valle lleno de experimentos, la mayoría de ellos fallidos. Una de las diferencias entre éxitos y fracasos es el número y cómo se llevan a cabo. Entonces, no hay que “tolerar” la falla, sino que hay que buscarla.

Carlos Osorio
Director de Máster de
Innovación de la UAI

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